El plan de CFK sólo era conocido por su familia y sus funcionarios de extrema confianza y sería comunicado a Boudou, Zamora y Domínguez cuando estuviera cerrado en Olivos y Roma. Pero Francisco considera fundamental para la consolidación del sistema democrático que Cristina entregue la banda presidencial a un sucesor elegido en comicios libres y transparentes, un convicción política e institucional que chocó con la estrategia urdida en la soledad del poder.
La consulta a Roma voló entre la muerte dudosa del fiscal Nisman y la marcha del 18 de febrero, cuando aún estaba vigente la denuncia de encubrimiento contra CFK que pretendió enterrar el juez federal Daniel Rafecas, con una resolución que ahora estudia la Cámara Federal bajo la presión constante de la Casa Rosada. En esos días, la Presidente dormía poco y aguardaba con premura y tensión que llegara la respuesta desde Europa.
Cristina quería que Francisco intercediera ante los candidatos a Presidente para evitar su rechazo al plan de fuga y que usara su influencia en la justicia federal para obtener piedad en las causas que investigan su presunta participación en hechos de corrupción. Si esto finalmente ocurría, CFK, Boudou y Zamora renunciaban, Domínguez juraba como presidente y Zannini imprimía un decreto de Necesidad de Urgencia que establecía un perdón judicial a la Presidente que anticipaba su salida del poder.
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