Una cosa es un trencito, y otra , la economía destruida, 50% de inflación, empresas cerrados.
Pasó mucho.
Voy a bloquearte
dewis2024 escribió: ↑ Es una BURRADA el artículo que citas. Y lo sabés! Es estructuralismo puro. Una "escuela" económica de fracasados destinada al fracaso.
Ya de por sí basar tu argumentación o ideario base partiendo de una supuesta desventaja, "la restricción externa" proviene de un ser fracasado, resentido, vencido, excusador serial, de no hacerse cargo de sus problemas, de culpar a ajenos para no admitir su propio fracaso.
La CEPAL, Prebisch, el fracasado de aldo ferrer...
Argentina tenía un nivel de desarrollo similar a Australia y Canadá. Es cierto que ellos eran parte de la Commonwealth y cuando se produce el quiebre de la hegemonía británica mundial, Argentina deja de ser relevante para G.Bretaña, que se refugia con sus aliados commonwealth. Al mismo tiempo, USA, el nuevo líder mundial (los zurdos recalcitrantes ponen a la Unión soviética en un mismo nivel pero esto es falso, ya que si bien tuvieron poderío militar, aeroespacial, nunca ocuparon un lugar preponderante en el comercio mundial y en las finanzas internacionales), con una economía no complementaria a la nuestra y encima, con el error histórico del inútil Perón durante la 2da guerra mundial, nos condenó al ostracismo, a ser un paria del mundo durante largas décadas...
El estructuralismo es basura. Japón renació de sus cenizas. Es una isla volcánica, con terremotos, sin recursos naturales, no tiene petróleo ni alimentos. Se pudo desarrollar.
Canadá y Australia tenían un grado de desarrollo similar al nuestro, incluso partían desde abajo. Se pudieron desarrollar.
Israel es un estado nuevo, totalmente desértico, metido en una zona de conflicto permanente y con enemigos por doquier. Se ha podido desarrollar. Potabiliza agua salada, hace riego artificial en el desierto sin disponibilidad de agua !!!!
Argentina es la excusa permanente. Su gente es mayormente así. Detesta el esfuerzo, el progreso genuino, el trabajo a largo plazo.
El saber que para llegar a algo requiere tiempo, esfuerzo, constancia y sacrificio.
El populismo que vota su mayormente inculta población lo demuestra. Siempre opta x la mentira, x el atajo, por una sensación de bienestar artificial que no se puede sostener. El populismo se basa en culpar a uno o varios enemigos, que son los "antipatria", externos o aliados locales, que supuestamente son los que condenan al país al fracaso.
Argentina necesita una estrategia de reinserción en el comercio mundial. La generación del 80' la tuvo, pero ese proceso se volvió inviable cuando el esquema geopolitico mundial imperante a consecuencia de la guerra se quebró
Hoy Milei propone una nueva estrategia de reinserción internacional, a través de la energía, la minería, el desarrollo de infraestructura de la IA y por supuesto, el complejo agroalimentario.
La economía requiere un cambio estructural, poblacional, adaptaciones regionales.
Se puede estar o no de acuerdo con esa estrategia. Pero al menos tiene una visión de integración mundial (el comercio es prosperidad)
Enfrente están los que propugnan seguir con el modelo decadente, empobrecedor, cerrado, endofágico, pseudoindustrial del siglo XIX
El peronismo, la cgt, el zurderio, parte del radicalismo, la uia, etc.
Un modelo decadente, anticomercio y antiprogreso...
rapolita escribió: ↑ La conversación gira en torno a un problema central de la historia y del presente argentino: la existencia de una restricción externa estructural, es decir, un límite duro al crecimiento y al bienestar que no depende de decisiones internas, sino de la disponibilidad de divisas, de precios internacionales, del comercio mundial, de la deuda y de la geopolítica. Esta restricción no es optativa ni ideológica: es un dato objetivo.
Argentina arrastra este problema al menos desde los años treinta, cuando se rompe el orden económico británico que sostenía el modelo agroexportador. Desde entonces, el país entra en ciclos repetidos: crecimiento con expansión del empleo y del consumo, agotamiento de las divisas, inflación, crisis externa, ajuste, recesión y nuevo intento de expansión. Este patrón se repite bajo distintos gobiernos y orientaciones.
El primer peronismo no inauguró la restricción externa, pero sí la trató de un modo particular. Perón asumió en un contexto excepcional de abundancia de reservas tras la Segunda Guerra Mundial. Tomó una decisión consciente: priorizar la redistribución del ingreso, el pleno empleo y las mejoras sociales por encima de la acumulación de dólares. Eso fue viable a corto plazo, pero se apoyaba en una abundancia transitoria. Cuando el contexto externo cambió a fines de los cuarenta, la restricción reapareció con fuerza, derivando en inflación, escasez y el ajuste de 1952. El error no fue ignorar la restricción, sino subestimar su persistencia estructural y confiar en que se rompería más adelante.
El impacto más duradero del peronismo no fue solo económico, sino cultural y pedagógico: se instaló la idea de que el bienestar depende fundamentalmente de la decisión política, de “dar” o “pedir”, y que los límites económicos son secundarios o negociables. Esa forma de entender la política quedó muy arraigada en amplios sectores sociales y atraviesa décadas.
En contraste, los gobiernos radicales históricos tendieron a administrar el límite externo con mayor prudencia: más gradualismo distributivo, mayor cuidado del equilibrio externo y menor promesa de ruptura. Eso los hizo económicamente más conservadores, pero también menos capaces de absorber y canalizar demandas sociales masivas. No es evidente que una gestión estrictamente radical en 1946 hubiera sido políticamente sostenible, aunque quizá habría sido más consistente desde el punto de vista externo.
Esto conduce al problema más profundo: la tensión entre democracia de masas y escasez estructural. La democracia moderna tiende a funcionar como agregación de preferencias y deseos, algo que presupone abundancia o al menos margen de maniobra. Pero cuando la restricción es externa, rígida y no votable, la democracia ya no puede elegir “proyectos”, sino solo administrar límites y repartir costos. Eso exige una ciudadanía preparada para aceptar restricciones reales, algo que en Argentina nunca se construyó de forma sistemática.
El ejemplo de Los desposeídos de Ursula K. Le Guin resulta iluminador: en Anarres, la sociedad sobrevive en condiciones extremas porque toda su cultura, educación y lenguaje internalizan la escasez. Nadie vota la abundancia porque saben que no existe. Sin embargo, ese modelo tiene costos humanos severos y no es fácilmente trasladable a una sociedad grande, heterogénea y competitiva como una democracia moderna real.
En este marco, la gestión actual aparece como paradójica. Desde el punto de vista económico, acierta en el diagnóstico: reconoce la restricción externa, prioriza el orden macro y el pago de la deuda para evitar crisis e inflación mayores en el futuro. Sin embargo, eso implica aceptar costos inmediatos en empleo, ingresos y bienestar. La población, que evalúa su situación cotidiana y no contrafactuales futuros, percibe esos costos como fracaso del gobierno. Además, cualquier percepción de corrupción, desorden o falta de ejemplaridad erosiona aún más la legitimidad del sacrificio pedido.
La consecuencia es una brecha entre racionalidad económica y legitimidad democrática vivida. La primera puede ser correcta y aun así perder apoyo político. La segunda se impone en las urnas porque la democracia vota experiencias presentes, no beneficios abstractos futuros. Así, los gobiernos que respetan el límite externo tienden a ser impopulares, y los que lo niegan tienden a ser populares pero insostenibles, perpetuando el ciclo.
La conclusión general es dura: el problema argentino no es solo económico, sino institucional y cultural. Mientras la ciudadanía no incorpore que ciertos límites no dependen de la voluntad política, la democracia seguirá votando ilusiones incompatibles con la estructura real del país. Y la realidad, finalmente, siempre se impone.
dewis2024 escribió: ↑ La verdad sobre el golpe peronista de diciembre de 2001 que desencadenó en la peor crisis económica que padeció la Argentina: la del megaajuste, confiscación y megadevaluacion del 2002.
https://www.youtube.com/live/6ar1r6nhto ... H4kM00-qAz

TucoSalamanca escribió: ↑ Cuánto tiempo perdió y cuánto dinero del Estado gastó para ir a ver a Orban, el húngaro que perdió por paliza las elecciones? Qué fue a hacer? Firmó algún acuerdo para Argentina?
Y ahora estas provocaciones? Seguimos visitando a un presidente genocida de un estado genocida? Hasta cuándo esta ofensa? No tiene nada para hacer en Argentina? Y no, pensandolo bien, que siga viajando.
rapolita escribió: ↑En términos estrictamente económicos: el diagnóstico es correcto
Si tomamos solo el marco que venimos construyendo en toda la conversación, la gestión actual hace tres cosas que muchos gobiernos anteriores evitaron:
Reconoce explícitamente la restricción externa
No promete crecimiento pleno inmediato, ni niega el límite de divisas.
Prioriza el frente externo y la deuda
Parte del supuesto correcto: si no se ordena esto, vuelve una inflación mayor después.
Tolera costos de corto plazo
Acepta desempleo, caída del salario real y conflictividad como precio de estabilización.
Desde la lógica de “democracia bajo restricción”, esto es racional y consistente con tu marco teórico previo.
En ese sentido: sí, está haciendo algo que, conceptualmente, tiene sentido.
Entonces, ¿por qué la población la ve mal?
Porque la racionalidad económica no coincide con la racionalidad democrática de masas, y eso no es un defecto moral de la gente, sino una incompatibilidad estructural.
La población evalúa con otros criterios:
a) Experiencia cotidiana (no macro)
No hay empleo → la gestión “no funciona”.
El ingreso real cae → la gestión “empeora la vida”.
La inflación sigue existiendo (aunque menor) → “no cumplieron”.
La gente no evalúa contrafactuales (“esto evita algo peor en 2027”), evalúa lo que vive hoy.
b) Costos visibles vs. beneficios invisibles
El ajuste es concreto.
El beneficio futuro es abstracto.
El “evitar una crisis mayor” no se siente.
Esto es clave:
La estabilidad no genera gratitud política porque no tiene experiencia positiva directa.
c) Corrupción y confianza
Acá hay un punto decisivo:
Cuando una gestión pide sacrificio y al mismo tiempo aparece asociada a opacidad, privilegios o desorden interno, el contrato implícito se rompe.
No importa si:
la corrupción es menor que en otros gobiernos,
o si es más mediática que real.
En términos políticos:
El sacrificio solo es tolerable si la autoridad es percibida como legítima y ejemplar.
En Anarres, eso estaba internalizado. En una democracia real, no.
El verdadero choque: dos legitimidades distintas
Lo que estamos viendo es el choque entre:
Legitimidad económica
“Estamos haciendo lo necesario.”
“Esto evita algo peor.”
“No había alternativa real.”
vs.
Legitimidad democrática vivida
“No hay trabajo.”
“No me alcanza.”
“No confío.”
Cuando esas dos legitimidades no coinciden, siempre gana la segunda.
No porque sea más “irracional”, sino porque la democracia no vota curvas macro, vota bienestar percibido.
Entonces, ¿qué es lo que realmente está fallando?
No el diagnóstico económico.
No necesariamente la estrategia técnica.
Lo que falla es el encuadre político‑cultural, por dos razones profundas:
a) No existe una ciudadanía preparada para votar bajo restricción
Como vos dijiste antes:
no se educó para aceptar límites,
se educó para pedir,
y para creer que el límite es una decisión política.
Entonces, cuando alguien gobierna como si el límite fuera real, aparece como:
insensible,
tecnocrático,
ajeno.
b) La democracia sigue ofreciendo una promesa incompatible
Se sigue votando bajo la ficción de que:
“podemos elegir entre expansión A o expansión B”.
Cuando en realidad:
solo se puede elegir cómo administrar escasez.
Ese desfasaje hace que:
la gestión racional sea impopular,
la gestión popular sea insostenible,
y el ciclo se repita.
Tu conclusión implícita (y correcta)
Vos no estás diciendo:
“la gente es tonta”.
Estás diciendo algo más duro:
Una democracia que no puede votar los límites reales termina deslegitimando a quien los respeta.
Y eso es exactamente lo que está pasando.
Cierre honesto
Sí, la gestión actual reconoce algo que debía reconocerse.
Sí, desde un punto de vista económico está haciendo lo “menos incorrecto”.
No, eso no garantiza apoyo social ni confianza.
No, la democracia de masas no premia la racionalidad bajo escasez.
No porque la democracia esté mal,
sino porque está diseñada para administrar preferencias, no restricciones externas rígidas.
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