La manera en la cual se intenta convertir los ideales en realidad comienza a poner en evidencia ciertos rasgos tiránicos. La doctrina y el sistema son vistos como universalmente válidos. Semejante pretensión a lo absoluto abre la puerta a la intolerancia y al totalitarismo. Todo lo que no concuerda con el marco del sistema deja de ser reconocido y validado. Lo inesperado deja de existir. Tampoco hay espacio para una apertura mental hacia lo que sucede fuera del esquema de referencia. El humor y la autocrítica son expulsados, lo mismo que la fascinación ante lo inesperado.
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